Cultivando nuestra devoción a la familia


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Nuestra naturaleza es muy frágil. Es decir, somos como barro, pero aún así, también podemos alcanzar grandes metas si acogemos a Dios con toda nuestra mente y nuestro corazón. Así, podríamos lograr que nuestro matrimonio se glorifique en un camino como Dios lo espera y como la sociedad lo necesita. Ya que es más fácil dejarnos hacer según su voluntad, haciéndonos un sólo corazón para vivir el uno para el otro, que seguir nuestro vano y hasta cruel egoísmo.

Esto termina en una desdicha para los hijos y pone un grito de dolor en su mente y en su alma, porque muchas veces descargamos sobre ellos nuestras culpas y ambiciones no logradas, vacíos educativos de valores y virtudes, cuando tendrían que representar y ser, el fruto más bello de nuestro amor comprometido y de paternidad responsable. Ya que muchas veces ellos pagan el precio de nuestras uniones inmaduras y separaciones o divorcios injustificados.

Esto me recuerda no solo a Manuel Iceta (1), sino al Padre Henri Caffarel, quien despertó el entusiasmo de los cónyuges ante la grandeza del Sacramento del Matrimonio. Y para él ningún esfuerzo o sacrificio es demasiado grande (2).

“Los esposos son llamados a colaborar con Dios Creador y Padre. Dios que se manifiesta en ellos como el Maestro y Señor de todo lo creado. … “La vida humana es sagrada porque desde su origen, implica la acción creadora de Dios”. Por lo tanto, todo niño concebido revela un rostro único de la bondad y la acción de Dios. Es decir, El embrión, desde su concepción, es confiado a nuestra humanidad. Si su existencia, a veces herida, entra en la nuestra, es para decir: “Ámame tal como soy”. (3)

Cultivando nuestra humanidad, siendo conscientes de nuestro lugar, de nuestra dignidad y también la de los demás viviremos felices en la verdad, partiendo de la humildad. sin tener que desvirtuar nuestra autoestima. Nos ayuda a darnos cuenta de lo que somos: grandeza en el amor auténtico y pobreza, según nuestras miserias.

Ser una buena y linda vasija es en lo que nos podríamos convertir para los demás, empezando desde nuestra familia, porque todos podemos mejorar. Ya sea en actitudes, comportamientos, etc.

Pero no es educarnos desde posturas simplistas, sino de motivarnos impulsándonos y no presionándonos, porque no somos robots, hasta lograrnos personas que aman y respetan a los demás, no siendo permisivos sino con ciertos límites que respeten su libertad, capacidades y dignidad.

Como bien menciona Joseph Hoffer (4), desde una tierna devoción a la familia.

 

*****************

(1) Iceta, Manuel. Dejar Ser.

(2) Allemand, Jean: “Henry Caffarel: un hombre cautivo de Dios. “Tu amor sin exigencia me disminuye; tu exigencia sin amor me rebela; tu exigencia sin paciencia me desalienta; tu amor exigente me hace crecer.”  Lo cual, si nos damos cuenta, nos lleva a honrar a nuestros padres, sobretodo si nos hemos sentido amados, perdonados y hemos cultivados los dones recibidos.

(3) Fragmentos de Conferencia del Padre Alain MATTHEEUWS s.j. y de Priscilla y Jean-Louis SIMONIS en el X Encuentro Internacional de los ENS sobre el matrimonio 2006.

(4) Hoffer, Joseph. Educándonos en espíritu y en familia.

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